viernes, agosto 22, 2014

Vestido de manta

Anoche me puse el vestido blanco, pensé en lo que haría  con él. Mi sostén rojo sobresalía fuera del escote del vestido, pensé en volver a usarlo como cualquier prenda casual. La sencillez del vestido aún me gusta. Desperté recordandote. Amanecí pequeña entre tus piernas, abrazada entre unos brazos grandes.
Hablabas, me hablabas en mi mismo idioma. Soñé, te soñé.
En ese breve momento recordé: alguna vez nos amamos. Brutal, insoportablemente.
Cuando supe que nos perteneciamos dejé de escribir. El tiempo oxida las ganas, corroe la espera, desgasta el deseo.
Nos vemos en un par de días, volveremos para vernos el rostro, para reconocer cuanto nos amamos y cuánto comenzamos a odiarnos ahora. 
Mi deseo de niña se hizo realidad, me casaría de manta con un vestido tan sencillo como la casualidad y si era posible, descalza. Las zapatillas me las prestó alguien que me dijo no lo hiciera. Lo hice. Ahora no sé qué hacer con el vestido blanco, con el anillo, con nuestro deseo insatisfecho, con los sueños, con la ilusión, con todas las letras que voluntariamente deje de escribir por ti.

Regalo un vestido blanco y  te ofrezco a otra mujer que no sea yo.

2 comentarios:

K dijo...

Dios! Hiciste lo mismo, te perdiste, como yo...
Yo perdí mi anillo, el vestido nunca fue realmente mío y yo nunca fui verdaderamente de aquel...

Regresa, ya sabes que escribiendo se cura un poco el alma.

Andron dijo...

Esto sabe a melancolía y tiene un toque agridulce de despedida.